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Es probable que en nuestro país no recordemos con cabalidad esto, pero
los sindicatos surgieron por una buena causa y sus huelgas fueron —en
muchos casos— la semilla de transformaciones profundas en nuestro
territorio y en todo el mundo.
Algunas de las revoluciones políticas y culturales más importantes han
surgido de los movimientos obreros y en muchos casos sindicales. Los
sindicatos deben ser una parte integral de la vida de una sociedad y de
la defensa de su clase trabajadora. Deben ser promotores de buenas
condiciones de trabajo, así como constructores de una clase trabajadora
más competente, mejor preparada, más útil.
Las huelgas, como último recurso, deben buscar romper un esquema de
injusticia y recolocar al trabajador en el centro de la discusión. Las
huelgas deben de traer claridades a la parte patronal y mejores
condiciones a las mujeres y hombres trabajadores.
Las huelgas deben ser útiles para la gente, ofrecer algún beneficio, servir en algo. Los sindicatos también.
Sin embargo, de eso escuchamos poco en México y cuando atestiguamos
casos tan profundamente dramáticos y lamentables como el de la recién
terminada huelga de la UAM, se vuelve difícil pensar que las
instituciones sometidas al pensamiento dogmático y radical de unos
cuantos, sirven, funcionan.
A saber: Hace 65 días, el SITUAM —Sindicato Independiente de
Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana— inició una
huelga para conseguir mejores condiciones salariales para sus
agremiados. Nunca imaginaron que se convertiría en la huelga más larga
en la historia de esta excelsa universidad y, al mismo tiempo, una de
las más inútiles.
Cuarenta y cinco mil alumnos y tres mil docentes vieron suspendidas sus
actividades frente a la ferviente convicción de un sindicato, que
parecía tener muy claro que buscaba. Sólo parecía.
Sin embargo, al paso de los días y de las negociaciones, el propio
sindicato se fue hundiendo en las fangosas aguas del radicalismo de
unos cuantos que creen saber el destino final de todo y que asumen que
es preferible luchar sin sentido que ganar algo.
Los grupos radicales —en una peculiar similitud con lo que sucedió en
el CGH de la UNAM— se fueron apropiando por la vía de la intimidación y
la exacerbación de ánimos —de la violencia verbal y en algunos pocos
casos física— de los esquemas de toma de decisión y fue imponiendo una
agenda incomprensible y repleta de negaciones inexplicables.
Cada vez que la autoridad universitaria hacía una nueva propuesta
mejorando las condiciones anteriores, los radicales construían la idea
de que esta era una señal de éxito, que no había que ceder e ir por
más. Siempre por más. Las posturas razonables fueron catalogadas —como
siempre sucede— de entreguistas, de compradas, de carentes de
convicción, y por ende, aplastadas y humilladas.
Así vimos como una huelga que pudo haber ganado mucho en unos días, al
alargarse en su soberbia y su dogmatismo, fue perdiendo terreno y
endureciendo a su adversario que, al ver la irracionalidad, echó por
tierra sus concesiones.
Hace dos días se decidió levantar la huelga, aceptando la propuesta
inicial de la rectoría y perdiendo la mitad de los sueldos caídos. En
cualquier sentido, esta huelga ganó nada y perdió un mes de sueldo a
todos sus agremiados. Un fracaso rotundo y una demostración de que el
éxito está asociado con la gente, no con los dogmas de algunos.
Hoy el SITUAM termina con una imagen de derrota, de soberbia. Pero lo
más grave es que ésta que debe ser una herramienta institucional para
proteger a los trabajadores, terminó siendo todo lo contrario.
Esta es una muestra de lo que —combinadamente— pueden lograr la soberbia, el radicalismo y la falta de objetivos concretos.
Para reconstruir la confianza de los agremiados hacia su sindicato, de
la sociedad hacia los movimientos legítimos de resistencia de la clase
trabajadora, para recolocar la posibilidad de tener estructuras
gremiales justas, probas, legales y que seriamente coloquen a la gente
en el centro de sus demandas, se requerirá de una transformación amplia
de la normatividad laboral.
Hoy los sindicatos son estructuras más opacas que los partidos
políticos, sus esquemas son antidemocráticos, represivos y abusan de
los recursos. Hoy los sindicatos no están sujetos más que a antiguas
normas que lejos de regularles, les permiten estar en plena impunidad.
La reforma laboral y sindical es parte fundamental del avance
democrático para México. Con sindicatos que parecen más estructuras
mafiosas, la clase trabajadora seguirá en la indefensión.
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Fuente:Cronica
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